Hermano lobo, hermana cierva
pequeñas, polícromas inflorescencias
viento del centro de la montaña
luz del continente
incontinente
al cerrar los ojos encuentro íntimo
idilio cuerpo fermoso luminoso
orilla del río
río que entra a la cueva
río que sale de la cueva
río que con sonriente cascabeleo se
derrama en la mar.
Hermano sol, hermana luna
sentémonos a conversar en silencio
luz de la lumbre de la cabeza la palabra
el nombre los nombres el mundo.
he construid, hermanos, yo mismo
esta casa
casa de versos que me encierra
que es una puerta hacia otra habitación
que es una ventana hacia otro cascarón
que es un agujero hacia el mundo
el otro mundo
Hermano excremento, hermana excremento
nacisteis hermosos, ¡qué injusto!
vivir junto a la roca, en la cloaca
bajo el mar abajo mío en el infierno sur
os he descubierto desde mi ventana
acercaos
escoria, lumpen, divergencia, contracultura
acercaos
juntaos…¡derruid la casa!
hacer caos
penetrad con furia… ¡esta es su bastilla!
hacer caos
***
En el principio era el Verbo
y el verbo sustantivó al mundo
y el mundo quedó sustantivado
por años
en el principio era el verbo
hasta que alguien habló
y dijo entre sollozos:
Hermanos, habéis sufrido tanto…
domingo, 14 de septiembre de 2008
Voy camino al feliz silencio
por estas calles que vi crecer
Caí sobre ellas
dejé mi sangre de niño.
Junto a la higuera
Dejé mis esferas de vidrio
… eran mi poder
La tierra el lodo no ensuciaban.
Miraba a la señorita Bianca
Cuando salía desnuda del agua,
Mario me enseñó.
La iglesia era amarilla,
ininteligibles las imágenes, los sermones… ¿quién era dios?
Pero me observaba desde el espejo, yo lo sabía,
Mientras me masturbaba.
por estas calles que vi crecer
Caí sobre ellas
dejé mi sangre de niño.
Junto a la higuera
Dejé mis esferas de vidrio
… eran mi poder
La tierra el lodo no ensuciaban.
Miraba a la señorita Bianca
Cuando salía desnuda del agua,
Mario me enseñó.
La iglesia era amarilla,
ininteligibles las imágenes, los sermones… ¿quién era dios?
Pero me observaba desde el espejo, yo lo sabía,
Mientras me masturbaba.
sábado, 23 de agosto de 2008
Poema de baja intensidad
A Male
He de desgarrar el velo del tiempo
que te envuelve
Esperar
con la paciencia de un acantilado
la primera espada del sol que corta
en el horizonte
el amanecer de unos ojos embalsamados.
He velado tu sueño junto a mis armas
y mis heridas
mi respiración
y tu respiración
que fueron un brillo en una guerra de cien años
donde cabalga una silueta no de niña
no de ángel
triunfante hacia el Leteo donde la espera
en el centro helado
un beso.
Si escuchas en la noche honda
un estruendo como de un dios irritado
por la traición
no lo dudes
es el sonido esencial y milenario
de tu piel de espejos hecha añicos en mi piel.
He de desgarrar el velo del tiempo
que te envuelve
Esperar
con la paciencia de un acantilado
la primera espada del sol que corta
en el horizonte
el amanecer de unos ojos embalsamados.
He velado tu sueño junto a mis armas
y mis heridas
mi respiración
y tu respiración
que fueron un brillo en una guerra de cien años
donde cabalga una silueta no de niña
no de ángel
triunfante hacia el Leteo donde la espera
en el centro helado
un beso.
Si escuchas en la noche honda
un estruendo como de un dios irritado
por la traición
no lo dudes
es el sonido esencial y milenario
de tu piel de espejos hecha añicos en mi piel.
domingo, 20 de julio de 2008
Volutas
Cómo se elevan
se retuercen con dolor
cómo les cuesta huir a la libertad
y se quedan un buen rato
flotando
se diluyen lentamente
les cuesta separarse
son tan distintas entre sí
hace un minuto una tomó la forma
de una mujer voluptuosa
y subía al cielo, densa.
Esta de acá es más bien un felino
que da un salto desde la boca que
lo hizo nacer
hacia la muerte en el aire.
Volutas que nacen del fuego
de la combustión de los aromas
condenadas a ser la historia
y solo eso
de unas hojas secas que se consumen.
se retuercen con dolor
cómo les cuesta huir a la libertad
y se quedan un buen rato
flotando
se diluyen lentamente
les cuesta separarse
son tan distintas entre sí
hace un minuto una tomó la forma
de una mujer voluptuosa
y subía al cielo, densa.
Esta de acá es más bien un felino
que da un salto desde la boca que
lo hizo nacer
hacia la muerte en el aire.
Volutas que nacen del fuego
de la combustión de los aromas
condenadas a ser la historia
y solo eso
de unas hojas secas que se consumen.
sábado, 19 de abril de 2008
sábado, 22 de marzo de 2008
Recuerdos futuros
Tan solo saliste en bata
A recoger El Comercio
Y alimentar al perro
Y ya eras la mujer
A la que regalé aquel
caro anillo argentado
A la que llevé a volar
En parapente
A la que hice una noche
Llorar de calor
A quien llevé una madrugada
Al puerto
La que me echó el vino
En la cabeza
Y me hizo el amor en un cine
Por la que tuve un corte en la ceja
Un ojo morado
Y una deuda de años
Que escuchaba a Morrison
Fumaba negros
Y odiaba el café.
Y vomitó seis días de alcohol
En la mesa de un hotel
Que en las noches de playa
Soñaba con Storni
Y tarareaba en francés a Piaf
Y dejaba caer la arena de sus manos
En médanos que nunca se elevaban
Eras la mujer de las agujas.
Eras la mujer de humo
Eras la mujer de carne
Tan solo saliste en bata
A recoger el diario
Y alimentar al perro
Y cuando pasé por el frente
Ya no estabas.
A recoger El Comercio
Y alimentar al perro
Y ya eras la mujer
A la que regalé aquel
caro anillo argentado
A la que llevé a volar
En parapente
A la que hice una noche
Llorar de calor
A quien llevé una madrugada
Al puerto
La que me echó el vino
En la cabeza
Y me hizo el amor en un cine
Por la que tuve un corte en la ceja
Un ojo morado
Y una deuda de años
Que escuchaba a Morrison
Fumaba negros
Y odiaba el café.
Y vomitó seis días de alcohol
En la mesa de un hotel
Que en las noches de playa
Soñaba con Storni
Y tarareaba en francés a Piaf
Y dejaba caer la arena de sus manos
En médanos que nunca se elevaban
Eras la mujer de las agujas.
Eras la mujer de humo
Eras la mujer de carne
Tan solo saliste en bata
A recoger el diario
Y alimentar al perro
Y cuando pasé por el frente
Ya no estabas.
domingo, 2 de marzo de 2008
Otoño
Soy amigo
de las hojas del otoño
que se sientan junto a mí
en el lado vacío
de mi banca
del parque.
de las hojas del otoño
que se sientan junto a mí
en el lado vacío
de mi banca
del parque.
sábado, 1 de marzo de 2008
Sólo unos segundos le tomó a Cristóbal delinear en sus ojos la sonrisa efervescente de Micaela, la misma que lo despertó afiebrado una mañana de octubre, malherido de sus pendencias. Aplíquese el cataplasma por las noches, en caliente, y ya verá, decía, mas lo que funcionó no fue el menjunje herbáceo seguramente tomado de alguna conseja de esas que corren de boca en boca por los laberintos de la casona, sino más probablemente un extraño calor, un éter, un algo emanado de sus manos de nieve. A ella le dedicó 166 sonetos alejandrinos agrupados en cuatro cuadernos. Dirigidos a la serenísima princesa Catalina de Portugal, Duquesa de Berganza, rezaba la tapa, como obligaba la ley. Más abajo debía estar la licencia de la Santa Inquisición, que nunca obtuvo por la excesiva lascivia que los doctores encontraron en los versos 4 y 13 del XVI soneto. Sin embargo, las víctimas de sus duelos a espada ropera debían repetirlos si querían alcanzar la gracia del perdón, cosa a la que sólo los verdaderos hombres de honor se negaban.
El que ella fuera la esposa del Duque de Mena le importaba poco siempre que dejase una ventana abierta, una escalera cerca y atados los perros. El resto era poesía en estado químicamente puro, húmeda y vital. Un par de arrestos salvados por la influencia de Micaela alertaron al buen duque quien evaluó que lo más seguro para las probables intemperancias de su mujer era una prudente distancia. Cuando Cristóbal leyó la carta que lo conminaba a presentarse al duque para defender los fueros de la Corona frente a Francia, supo que su sentencia estaba firmada. Aguerrido y belicoso como era, nunca le importó la muerte pues a nadie tenía para separarse, hasta ese infausto instante en que reparó que la muerte es el peor y más definitivo de los adioses del amor.
Y le temió con temblores de hinojos y noches en vela y llantos apagados que no eran de cobarde -que no lo era- sino de amante. Sobrevivió a tres batallas gracias a dos cartas de Micaela, que le dieron esperanzas de un encuentro. La tercera nunca llegó, un duque avisado la interceptó a tiempo. La orden bajó a las tropas como un rayo.
Sus ojos se detuvieron en el horizonte, en dirección de la alcoba de Micaela. Musitó su soneto LXV, una confesión de amor en un cementerio, y solo le quedó tiempo para voltear a mirar al traidor, mientras su cuerpo, atravesado por su propia espada ropera, caía al charco entre las sanguijuelas que se apresuraron a devorarlo.
El que ella fuera la esposa del Duque de Mena le importaba poco siempre que dejase una ventana abierta, una escalera cerca y atados los perros. El resto era poesía en estado químicamente puro, húmeda y vital. Un par de arrestos salvados por la influencia de Micaela alertaron al buen duque quien evaluó que lo más seguro para las probables intemperancias de su mujer era una prudente distancia. Cuando Cristóbal leyó la carta que lo conminaba a presentarse al duque para defender los fueros de la Corona frente a Francia, supo que su sentencia estaba firmada. Aguerrido y belicoso como era, nunca le importó la muerte pues a nadie tenía para separarse, hasta ese infausto instante en que reparó que la muerte es el peor y más definitivo de los adioses del amor.
Y le temió con temblores de hinojos y noches en vela y llantos apagados que no eran de cobarde -que no lo era- sino de amante. Sobrevivió a tres batallas gracias a dos cartas de Micaela, que le dieron esperanzas de un encuentro. La tercera nunca llegó, un duque avisado la interceptó a tiempo. La orden bajó a las tropas como un rayo.
Sus ojos se detuvieron en el horizonte, en dirección de la alcoba de Micaela. Musitó su soneto LXV, una confesión de amor en un cementerio, y solo le quedó tiempo para voltear a mirar al traidor, mientras su cuerpo, atravesado por su propia espada ropera, caía al charco entre las sanguijuelas que se apresuraron a devorarlo.
jueves, 28 de febrero de 2008
Sobre todo, me facinaba la vista desde el balcón. Hacía una prudente distancia del cemento de la calle y sus sonidos delirantes. Subían ya transformados en nebulosas arrítmicas y disonantes. Era un espacio para huir; eso me gusta de los edificios. Allí también se cocinó el adiós. Y fue tras una serie de silencios que se respondían entre sí, que subían de intensidad, que se desataban agresivos y se sometían sumisos. Es hora de irme, dije, con intención de quedarme. Que te vaya bien, dijo, con intención de despedirme.
A lo lejos, una luz en el departamento se apagaba. No había rastros de que estuviera atisbando por entre las cortinas.
A lo lejos, una luz en el departamento se apagaba. No había rastros de que estuviera atisbando por entre las cortinas.
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