sábado, 1 de marzo de 2008

Sólo unos segundos le tomó a Cristóbal delinear en sus ojos la sonrisa efervescente de Micaela, la misma que lo despertó afiebrado una mañana de octubre, malherido de sus pendencias. Aplíquese el cataplasma por las noches, en caliente, y ya verá, decía, mas lo que funcionó no fue el menjunje herbáceo seguramente tomado de alguna conseja de esas que corren de boca en boca por los laberintos de la casona, sino más probablemente un extraño calor, un éter, un algo emanado de sus manos de nieve. A ella le dedicó 166 sonetos alejandrinos agrupados en cuatro cuadernos. Dirigidos a la serenísima princesa Catalina de Portugal, Duquesa de Berganza, rezaba la tapa, como obligaba la ley. Más abajo debía estar la licencia de la Santa Inquisición, que nunca obtuvo por la excesiva lascivia que los doctores encontraron en los versos 4 y 13 del XVI soneto. Sin embargo, las víctimas de sus duelos a espada ropera debían repetirlos si querían alcanzar la gracia del perdón, cosa a la que sólo los verdaderos hombres de honor se negaban.

El que ella fuera la esposa del Duque de Mena le importaba poco siempre que dejase una ventana abierta, una escalera cerca y atados los perros. El resto era poesía en estado químicamente puro, húmeda y vital. Un par de arrestos salvados por la influencia de Micaela alertaron al buen duque quien evaluó que lo más seguro para las probables intemperancias de su mujer era una prudente distancia. Cuando Cristóbal leyó la carta que lo conminaba a presentarse al duque para defender los fueros de la Corona frente a Francia, supo que su sentencia estaba firmada. Aguerrido y belicoso como era, nunca le importó la muerte pues a nadie tenía para separarse, hasta ese infausto instante en que reparó que la muerte es el peor y más definitivo de los adioses del amor.

Y le temió con temblores de hinojos y noches en vela y llantos apagados que no eran de cobarde -que no lo era- sino de amante. Sobrevivió a tres batallas gracias a dos cartas de Micaela, que le dieron esperanzas de un encuentro. La tercera nunca llegó, un duque avisado la interceptó a tiempo. La orden bajó a las tropas como un rayo.

Sus ojos se detuvieron en el horizonte, en dirección de la alcoba de Micaela. Musitó su soneto LXV, una confesión de amor en un cementerio, y solo le quedó tiempo para voltear a mirar al traidor, mientras su cuerpo, atravesado por su propia espada ropera, caía al charco entre las sanguijuelas que se apresuraron a devorarlo.

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