A Úrsula
La mañana se escurrió entre las cortinas, con su implacable soplo incandescente. Se deslizó en mis mejillas una caricia cálida y fatal, un beso de luz violeta, un susurro como el eco de una antigua sentencia macabra, profeta de la ausencia. No quería recordar. El recuerdo es un verdugo que cercena la cabeza de un cadáver que nunca termina de morir. Pero junto con el día se abrió paso también la memoria, las sombras de una despedida entre las sombras que fueron una despedida de abrazos entre sueños, de besos dormidos y ardientes. Y de golpe, un deslizamiento de tierra, de desolación... una catástrofe: la conciencia. La razón que asesina el sueño, me dice que los efectos del éter placebo que me mantuvo vivo se han esfumado, que una oca celestial ha puesto un nuevo huevo que es el sol y que la niebla y el sereno donde descansábamos del amor son parte de la historia. Y que esa niebla te llevó consigo adonde no podía seguirte, y entonces mis ojos húmedos voltearon para comprobar -maldita la hora- que ya no estabas.
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