jueves, 28 de febrero de 2008

Sobre todo, me facinaba la vista desde el balcón. Hacía una prudente distancia del cemento de la calle y sus sonidos delirantes. Subían ya transformados en nebulosas arrítmicas y disonantes. Era un espacio para huir; eso me gusta de los edificios. Allí también se cocinó el adiós. Y fue tras una serie de silencios que se respondían entre sí, que subían de intensidad, que se desataban agresivos y se sometían sumisos. Es hora de irme, dije, con intención de quedarme. Que te vaya bien, dijo, con intención de despedirme.

A lo lejos, una luz en el departamento se apagaba. No había rastros de que estuviera atisbando por entre las cortinas.